EVENTS - XVIII International Conference - Drepression: Facts and Perspectives

 

DEPRESIÓN Y CRISIS RELIGIOSA

“No se entiende que sin fe se pueda seguir adelante”

 

I. PLANTEAMIENTO

1. TRES PREMISAS, COMO PUNTO DE PARTIDA

1.1. En nuestra cultura occidental, a pesar de definirse como “estado de bienestar”, están aumentando los síntomas difusos que bien podían calificarse de “síntomas depresivos”. La depresión, hoy, es la enfermedad de moda. Cualquiera que tenga problemas existenciales se diagnosticará y le diagnosticarán que está pasando una depresión.

1.2. Nadie duda, tampoco, que la antigua configuración de nuestra vida está saltando por los aires y que mundo y religión están atravesando una profunda crisis, sin que nadie sepa, ni pueda, definirla en su totalidad y en sus relaciones.

1.3. Lo que ya no es tan evidente y, con toda seguridad, no está de moda es la existencia de un fuerte vínculo -profundo y secreto- entre depresión y crisis espiritual. Y no lo es, porque nos estamos acostumbrando solamente a la evidencia de la exterioridad, negando lo que es vital para todo hombre: que la interioridad posee su propia respiración y suministra oxigeno a todo ser; que en ese lugar interior está el cimiento sobre el que se apoya todo vínculo estable con los demás, y, quizá, para algunos, la piedra angular que permite el sentirse habitado por el Otro; y que sólo y gracias a ellos –Dios y los demás- se alimenta nuestro espíritu, respira, se vuelve móvil, ardiente, y amistoso.

Ocurre que éstos vínculos sanos, sanadores y sanantes están siendo, si no negados, sí  desatendidos y , por tanto, cultura e individuo están siguiendo la fácil tendencia del “esfuerzo mínimo” que favorece el incremento depresivo. Las llamadas “enfermedades crónicas” lo son porque no se ha descendido a ese  punto central privilegiado de nuestra interioridad y al no contar con las fuerzas que allí habitan, se ven obligadas a repetirse sin tregua, como el chiquillo a quien sus padres no quieren escuchar y que martiriza a todo el mundo con su insistencia.

1.1. Crisis de nuestra espiritualidad

Tenemos que decir  que nos aproximamos al punto en que los bienes externos -prosperidad y bienes materiales- están reemplazando a los bienes espirituales como ideal. Esta tendencia está ocasionando una considerable disociación y negación del papel que nuestras necesidades espirituales desempeñan en la vida. Aunque la prosperidad material aumente, nuestra necesidad de amar –la suprema y  única norma religiosa- y que constituye una máxima garantía contra la depresión es descuidada y puede llegar a sucumbir.

Por eso, nos aferramos a las satisfacciones externas, mientras que la difícil lucha por la riqueza interior y la paz de conciencia quedan libradas al azar, ocasionando, a mi entender, la raíz de la actual crisis religiosa. Nuestras luchas -entre el amor y el odio, entre ira y paciencia, entre compulsión y ascesis- reciben muy poca ayuda de nuestra atención y esfuerzos conscientes. Es cierto que nuestra gran necesidad de alentar y nutrir el amor y de suprimir y modificar el odio, están tratando de encontrar nuevas vías en la vida, pero como problema interno individual obtiene poco apoyo directo.

En la depresión el espíritu enmudece y la vida se ausenta cuando nos negamos a confiar en ellos, cuando se les desprecia, oprime y encierra como un niño en el cuarto oscuro. Cuando esto ocurre surgen el sufrimiento, el daño, la pena y el dolor. 

En el deprimido, la vida parece no serlo, la historia y el movimiento vital parecen detenidos, la esperanza ya no sabe lo que espera, el ser ya no existe, se limita a ser una posibilidad de la que no es consciente. El deprimido no teme a la muerte ni la espera, la muerte es él mismo. En esa experiencia nada llega a sosegar ni apaciguar. Nada cerciora al depresivo de que está atravesando un proceso de recapitulación vital en sus dos aspectos, la vida y la muerte, vecinas y hermanas inseparables.

Sin embargo, abajo del todo, bajo la espesa capa helada, la vida fluye todavía sin que nadie lo sepa, ni siquiera él mismo. Sólo allí se mantienen la vida como una llama piloto que resiste como un reducto en tiempo de guerra. Y, en esa capa profunda de nuestra interioridad, más allá de la ausencia nacerá esa misteriosa capacidad para renacer, recobrarse, perderse en el otro, plantarse en otra parte.

En este sentido la queja y el síntoma son el resultado de una negociación entre la llamada a la vida y el miedo a vivir. La mirada curativa se complace en identificar las dos fuerzas presentes, pero escoge resueltamente uno de los dos bandos: el de ese deseo tímido y vacilante,  que intenta hacerse oír y encontrar un camino entre las sutilezas de la angustia y los fosos de la culpabilidad.

II. RAÍCES DE TODA DEPRESIÓN: PÉRDIDAS SIGNIFICATIVAS Y ATAQUE A TODO LO BUENO

Religión y psicología existencial coinciden en señalar dos grandes causas que están en el origen de la dolencia depresiva: Una es la pérdida de objetos significativos y otra es la mala estructuración del impulso destructivo.

2.1. Tanto a nuestro alrededor como en nuestro mundo interno existen muchas pérdidas

La pérdida puede proceder de la infancia, en la que el padre o la madre murió o abandonó a la familia.  La pérdida podría ser mas reciente cuando un padre o una madre amado u odiado dejó esta vida sin una palabra de reconciliación. Quizá la persona amada no ha muerto sino que se ha marchado y ama a otro u otra.

¿Cómo puede demostrar el deprimido lo culpable que se siente por haber fallado, su ira por haber sido abandonado, lo desolado que se sientes al haberse quedado solo, abandonado, sin ninguna recompensa ni reconciliación?

Hay duelo también por la pérdida de la niñez, o por tener miedo a crecer. Por la pérdida de la juventud, de la belleza y la virilidad. Detrás está el temor de hacerse dependiente de los demás y darles pena.

Los duelos como éstos traen desesperanza. El depresivo está lleno de una pesada y gris indiferencia, incluso hacia las personas que antes eran importantes para él. El amor se ha alejado, dejándote con la percepción de la ausencia del mismo.

2.1. La depresión como “separatividad”

Me causa mucha pena cuando oigo decir alegremente a alguien: “Yo no creo en Dios”. Entonces tengo la vivencia de que siguiendo la moda y la más obtusa permisividad estamos perdiendo lo más valioso que tenemos y que, desgraciadamente, en el mismo movimiento se está adueñando de nosotros el virus depresivo.

Desde el punto de vista religioso la palabra clave para entender la depresión se llama separatividad. El mal  radical,  que es la fuente de todas las vivencias depresivas, es de nuestra creencia errónea de que estamos separados de Dios, de nosotros mismos y de los demás.

El sentimiento de haber dañado y destruido la relación con Dios y, lo que ella simboliza  -su ligazón con el paradigma de la bondad-, menoscaba la confianza del depresivo en la sinceridad de sus relaciones posteriores y le hace dudar de su propia capacidad para amar y ser bondadoso.

También pueden levantarse dudas con respecto al Sumo Bien. Bajo la presión de la ansiedad depresiva, la fe y la confianza en los objetos buenos suelen ser sacudidas.

Los cambios significativos del humor ocurren con mayor probabilidad en aquellos que no han establecido, con seguridad,  su entronque con Dios y no son capaces de mantener su gratitud hacia El.

A la pérdida significativa de Dios se suma la grave destrucción del ritmo temporal. El deprimido pierde memoria selectiva y es incapaz de verse y releerse en su pasado; no acepta su presente, lleno de sufrimiento y soledad y, sobre todo, no tiene futuro porque, en el mismo movimiento de la pérdida de Dios, ha perdido también la trascendencia.

La pérdida del futuro, sobre el que está cimentado el “sentido de la vida”, enloquece y trastorno el tiempo vivido. Así, por ejemplo, el intento de borrar del Acta Europea sus raíces cristianas, falsea nuestro pasado y, por eso mismo, lo tiñe con un tinte depresivo.

En frase de Simone Weil, esta parcelación del tiempo, es cosa de criminales, prostitutas y esclavos. Es, pues, un distintivo de la desgracia”

Por eso, cuando los deprimidos bucean su pasado se encuentran con que estas pérdidas han sido más dolorosas y que las  registraron en dimensiones más intensas que las personas no deprimidas aunque sólo se trataran de pequeñas traiciones, deslealtades, crueldades, denuncias, amenazas, ridículos, reproches, indignidades, celos e ingratitudes que tienen lugar en toda comunidad que no esté guiada por el amor y el perdón.

2.2. Efectos profundos de la  separatividad: afecta al inconsciente

Toda depresión y  sus síntomas  son internos y dificultan la fe en el amor. Todos estos peligros tienden a alejarnos de la bondad interior, por temor a la desilusión, al desamparo y a la inseguridad que nos amenazan.

El sentimiento del daño causado por la separatividad -(de Dios, de los demás e incluso de uno mismo)-, la gran ansiedad que de ello se deriva, y la resultante incertidumbre acerca de la bondad de los representantes del bien, tienen por efecto aumentar la voracidad, la compulsión y los impulsos destructivos.

Voracidad en primer lugar. La falta de conexión con las fuentes del Bien y de sus representantes, provoca un vacío interior que no pueden llenar mil y una cosas del mundo.

Pero el hombre,  intentará llenar el vacío y se embarcará en el mecanismo imparable de la compulsión. Compulsión a ser, o compulsión de codicia y de su homólogo, la ambición, que se relaciona con la rivalidad y la competencia en las relaciones humanas.

Por último, la emergencia de los impulsos destructivos. A causa del vacío y de la insatisfacción, la rabia interna pone en marcha el mecanismo del odio.  Consecuencia de ello es el empobrecimiento, porque la rabia impide la integración y la síntesis.

III. CURACIÓN. SALIR DE LA DEPRESIÓN

Las experiencias que son “timones de profundidad -el amor, la creación y las experiencias religiosas- confieren un papel estructurador del individuo. Son las bases de toda fe, de todos los nacimientos y renacimientos.

3.1. Admitir el áspero sabor de la verdad

Cuanto mayor es la crisis de sentido en nosotros y en nuestro mundo, más abundante es la demanda de revelaciones más o menos verdaderas y verídicas. También es cierto que la mayoría de las veces sólo se obtienen falsas respuestas a auténticas demandas.

El primer deber del deprimido que quiere curarse de veras, es decir, que quiere cambiar el miedo en pena, consiste en dejarse caer sin una queja, sin pudor ni muecas como un niño cansado que no puede más de sueño y se duerme en el primer sitio que encuentra.

No se crea que esto es cronificar el sufrimiento. Se trata sólo de una segunda oportunidad que el deprimido se puede conceder para encaminarse a su misma vitalidad profunda. Para ello es preciso que, en un impulso de fe poco común, el dolor sea recibido, aceptado, absorbido y digerido, y esto requiere dar sentido a las sensaciones y una gran capacidad de profundizar en las experiencias.

Los monjes de occidente, los sabios orientales, los padres del desierto, los sufíes del islam han dedicado su vida a adentrarse en los caminos que llevan a la vida interior. Y saben bien que para llegar al núcleo de ese espacio interior -  donde habitan los tiempos y lugares regidos por la gracia- hay que adentrarse en el misterio a través del tránsito por ese foso depresivo  -admitir esa pena, esa caída, ese silencio- como unas bodas de sangre entre la vida y la muerte.

3.2. Partir de nuestra interioridad y ampliar y fortalecer el leve latido de la vida

Pero la seriedad y la valentía carecen de sentido, si el deseo no es vivo, el corazón vivaz y los “pulmones escarlatas”. Esas zonas profundas de nuestra intimidad necesitan ser nutridas, protegidas y cuidadas con solicitud. El contacto caluroso con los demás es el alimento principal del corazón.

Tanto en el Evangelio como en la vida corriente existen seres que encarnan la verdad. Son a la vez auténticos, verídicos, verificadores y verificados. Sin recurrir a la palabra, revelan la realidad desnuda de los que se les acercan. La revelación surge de la misma actitud de esos seres de deseo y verdad ante quienes sentimos el anhelo y el valor de atrevemos a ser por fin nosotros mismos, a suprimir el anquilosamiento existencial, a contemplar sin complacencia nuestra timidez y nuestras temerosas aprensiones.

3.3. Dar tiempo al recorrido de la curación

La transgresión fragua la culpabilidad y ésta el perdón y la reparación (Winnicott). Asimismo, esta última da origen a la aceptación de uno mismo, la solicitud, la bondad, la preocupación por los demás, la sensatez (Winnicott, de nuevo), que a su vez ocasiona el amor a Dios (el Evangelio). De suerte que la transgresión de la ley es el camino hacia la fiesta del padre (el hijo pródigo: “hay más regocijo en el cielo por un pecador que se arrepiente”...).

IV.  TERAPIAS PSICOLÓGICA Y  ESPIRITUAL:  REPARACIÓN Y RECONCILIACIÓN

“Solamente comprendemos y tiene pleno sentido lo que hemos asimilado, mimado e incorporado a nuestra intimidad a través de la confesión y el perdón. Dejarse perdonar ante la presencia de otro es una alquimia que anima, reanima y vivifica”.

Entre religión y psicoterapia analítica también hay coincidencia en este principio: Cuando una presencia se hace ausencia, dicho objeto puede ser recreado, puesto en juego, sustituido en nuestro espacio interior gracias a la reparación y reconciliación. Cuando esto ocurre nace otra presencia aún más presente que la anterior, puesto que es interna, y hace que la vida prosiga su camino a pesar de la carencia y la muerte. El llamado “ejercicio de duelo” tiene en común que, además de la carencia, implica unas elaboraciónes, que son plenitudes arrancadas al vacío, realizaciones que trascienden a la pérdida, miradas despreciativas a la muerte, imágenes de la resurrección.

4.1. Reconciliación como aceptación, mejores relaciones, con nosotros mismos  con los otros y una más clara percepción de la realidad externa e interna. 

La situación de aceptación de nosotros mismos, ciertamente que da lugar a un gran dolor espiritual y culpa; pero también crea sentimientos de alivio y de esperanza, que a su vez hacen menos difícil la unidad personal. Esta esperanza está basada en el creciente conocimiento inconsciente de que la idea y la experiencia de Dios y de los demás, no son tan malas como habían sido sentidas en sus aspectos disociados por la depresión.

La reconciliación es, por eso, la reparadora del propio ser. El sujeto deprimido ha aprendido que el único punto de apoyo que merece crédito es su interioridad cálida y estable que contrasta con la febril búsqueda de contactos múltiples y superficiales, antaño característica de su existencia . La curación les ha devuelto a su intimidad. Para el sujeto muerto y resucitado es el fundamento de otra manera de asumirse a sí mismo. Al salir de la nada depresiva, se vuelve interior por haber experimentado lo precario e insignificante de la exterioridad.

Pero la reconciliación también actúa como reparadora de otros seres. La capacidad de asumir la soledad permite al reconciliado saber comprender y consolar el dolor ajeno, puesto que conoce por experiencia la reparación y la resurrección. Cuando asume el pesar del prójimo y lo habita se convierte en solicitud, compasión y responsabilidad.

La reconciliación es asimismo creadora. Ama el mundo lo bastante como para tenerle apego y no lo teme demasiado como para transformarlo. Reúne en sí esa ternura y violencia que originan las existencias animadas y las palabras vivas.

Cuando la reconciliación puede ser llevada a tales profundidades, los efectos perniciosos de la depresión disminuyen, llegándose a una mayor confianza en las fuerzas constructivas y reparadoras. El resultado es asimismo una mayor tolerancia con respecto a las propias limitaciones; así como también mejores relaciones con los demás y una más clara percepción de la realidad interna y externa.

Así, en relación con la compulsión, "Wiliam James observó que se curan más depresivos mediante la conversión religiosa que con toda la medicación del mundo. Y considero que esto sigue siendo verdad a pesar de los grandes progresos realizados por la psiquiatría moderna".

La reconciliación, revestida de esas características, nos regala, ante todo, una relación sana con Dios, nuestro Padre, y con nuestro Redentor Jesucristo, un sí a la gracia y a la tarea de amarnos recíprocamente.

4.2.  La aceptación reconciliada promueve la satisfacción

En tanto el estado de no reconciliación es una fuente de gran desdicha, el acto de reconciliarse es percibido como sustrato de los estados anímicos de satisfacción y de paz y finalmente de la cordura. Esto, de hecho, constituye asimismo, la base de los recursos internos y de la elasticidad que pueden ser observados en aquellos que recuperan la paz espiritual aún después de haber atravesado una gran adversidad y dolor moral. Tal actitud, que incluye la gratitud en relación con los placeres del pasado y el goce de lo que el presente puede dar, se expresa en la serenidad.

4.3. La gratitud, como antídoto de la depresión

Cuanto con mayor frecuencia se experimenta la gratificación en el acto de relacionarnos con Dios y con sus análogos, tanto más son sentidos el goce y la gratitud en el nivel más profundo, desempeñando un papel importante en toda sublimación y en la capacidad de reparar.

La gratitud está estrechamente ligada con la generosidad. La riqueza interna se deriva de haber asimilado el bien, de modo que el individuo se hace capaz de compartir sus dones con otros. Así es posible introyectar un mundo externo más propicio y como consecuencia se crea una sensación de enriquecimiento.

Tras la helada depresiva, puesto que la reconciliación ha nacido de la muerte, el espíritu conoce la gratuidad, lo recibido y lo dado. Esta vida gratuitamente recibida, y dada le enseña algo sobre el misterio de la filiación y la paternidad.

Mediante el sentimiento de gratitud el creyente se abre a su historia y a la historia, que son historias de salvación.

El polo opuesto es la memoria enferma, ocupada -y, en ocasiones completamente poseída- por el resentimiento, el rencor y la insatisfacción. El agradecido no se complace en hurgar constantemente en viejas heridas. Su sentimiento de gratitud irradia constantemente y ayuda a otros a liberarse de quejas, lamentaciones y acusaciones.

V. UNA VIDA NUEVA: EXPERIENCIA RENOVADA Y RESUCITADA

"Es inconmensurable la importancia psicohigiénica de la terapia contra el miedo instaurada por Jesús. Incluso si contemplamos la cuestión simplemente desde la vertiente de la historia de las religiones comparadas se ve con claridad que Jesús es el único fundador religioso que ha eliminado de la religión el elemento del temor depresivo". Bernhard Hanssler

Afrontar la muerte depresiva y renacer es la historia de toda depresión auténtica, haya sido o no bautizada con ese nombre por la medicina. Deprimirse y reponerse significa haber asimilado que la vida es más libre y que el deseo es capaz de renacer y  resucitar .

5.1. En la depresión recobrar la “salud” implica recobrar el sentido de la vida

El deseo es una manera de “estar presente” y “dar sentido” en contacto con uno mismo, el universo y el Absoluto.

El deseo moviliza enormemente el sentido de la vida. Se sabe que las neurosis y las depresiones asaltan a individuos petrificados en una actitud existencial unívoca. Por eso, volver a recuperar el sentido de la propia vida, es el punto crucial y primordial de la terapia, del mismo modo que constituye el instante fundamental de todo intento encaminado a la profundización en uno mismo.

Salir de una depresión, es permitir de nuevo que este “sentido” actúe en el espacio de la interioridad: aprender de nuevo a vivir, a dejar que en nosotros actúen esas curas y bálsamos consoladores y exculpatorios que nos han sucedido a lo largo de nuestra historia.

El hallazgo, dentro o fuera de uno mismo, de un lugar donde hay sentido, tiene que ser simultáneo al descubrimiento del sentido mismo, de su empleo, de los placeres y consuelos que proporciona, y de la libertad de las que son humildes instrumentos.

De este modo, un pedazo de pan y un vaso de vino que hayan sido recibidos e incorporados como símbolo y “sentido”, representan todas las cosas buenas del mundo, e incluso, para los cristianos, toda la buena naturaleza amante de Dios.  Profundamente incorporada, una ínfima partícula de pan puede hacer que entren en juego el infinito de nuestra interioridad, el infinito del mundo y el infinito de Dios.

6.2. En la depresión recobrar la “salud” implica recobrar la confianza básica

Es necesario no tener nada que perder, no esperar ya nada de la fuerza , no reivindicar la compulsión de ser, no creer en la supervivencia para confiar en la resurrección. La esperanza radical en medio de la desesperanza, la  confianza en pleno desasosiego es un misterio: el de la vida que es más fuerte que la muerte.

Esta confianza básica, que emerge de las profundidades del ser, tras su paso purificador por la muerte depresiva, fundamenta la realidad, la verdad del ser y la veracidad de sus relaciones con el mundo y su historia propia.

6.3. En la depresión recobrar la “salud” implica recobrar la autorización para amar y amarnos.

Tengo “vida” si permito que mi deseo obre en mi cuerpo, mi historia y mi mundo; amo si acepto, si espero del otro el mismo movimiento libre y confiado de su propio deseo. A esta consideración confiada y amorosa se le puede llamar autorización.

Se muere al no ser amado, se revive al serlo. Por tanto, esa mirada autorizadora, esa relación amorosa es el primero de los “gestos” para el que se ha impuesto la tarea de restaurar una vida, una historia, y una soberanía original.

La madre, por ejemplo, es la primera dispensadora de esa “autorización”, de ese amor que autoriza. El primer ofrecimiento del seno, como respuesta al primer hambre, enseña al recién nacido que la necesidad anuncia la dicha, que al vacío de dentro corresponde la abundancia de fuera, que es dulce pedir y recibir. Pero esa primera aprobación de la necesidad inicial va a prolongarse a lo largo de la vida revivificada por cada experiencia de demanda satisfecha.

Para los creyentes el Supremo dispensador de la autorización es Dios……que es total amor y total disponibilidad…..

Para los no creyentes evocaré la historia de aquel joven psiquiatra que se deprime e intenta suicidarse. Al salir, pregunta a un amigo qué tendrá que hacer para no recaer en los mismos sufrimientos. Éste le responde: “Tengo un truco para los que no creen en Dios. Para sentirnos vivos y reales hay que dejarse tocar todos los días por algo o alguien”. Es necesario permitir que nos alimenten el corazón, que unos a otros nos hagamos grandes y emotivas señales de vida; hay que dejar que nos molesten, es decir, que nos animen con una mirada, una voz, un gesto y, si se puede, una caricia.

Acabaré mi exposición con una llamada a poner en marcha todos y cualquier gramo de bondad autorizadora que exista en Dios, el mundo, comunidades, personas y cosas que den “sentido” a nuestra vida.

La inclinación hacia la tendencia depresiva de nuestra sociedad es fuerte. Por eso, creo que las ciencias curativas del cuerpo y de la mente deberían aliarse con los recursos reconciliadores sanantes de la religión, para proporcionar, sin demora, el apoyo necesario a la honestidad y al bienestar íntimos, que forman parte de la realidad afectiva interna y son fuente de una comunión amorosa con el mundo exterior, donde viven los hermanos.

Mariano GALVE MORENO