| EVENTS - XVIII International Conference - Depresión y esperanza cristiana |
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Esta exposición ha sido precedida por numerosos trabajos que han ilustrado desde diversos ángulos el fenómeno psicológico de la depresión. Bien consciente de las limitaciones de mis conocimientos acerca de la depresión, quisiera, no obstante, ofrecer algunas aproximaciones al problema, basándome no en conocimientos científicos, sino en experiencias humanas y sacerdotales, ciertamente dolorosas y que han dejado en mi espíritu recuerdos indelebles. Es difícil intentar la formación de estadísticas acerca de la depresión en tiempos pasados, sea porque no disponemos de datos derivados de una observación cuidadosa, como porque no siempre es fácil identificar determinados estados anímicos de personajes históricos con lo que hoy llamamos depresión. I. La depresión vista por un pastor de almas. Creo que hay consenso en que el fenómeno de la depresión es complejo y que es el resultado de varios elementos causales. Algunos tienen que ver con la estructura profunda de la psicología de la persona. Hay, con cierta frecuencia, factores hereditarios. Determinadas líneas de fuerza del proceso educativo pueden también ejercer una influencia considerable. La historia personal de quienes sufren depresión proporciona, en medida variable, elementos que explican el fenómeno y que, como en el caso de otros factores, pueden proporcionar derroteros para diagnosticar el problema, evaluar su profundidad, y discernir hacia dónde y cómo se deba orientar la terapia. La depresión es un estado que guarda cierta semejanza con la desesperación, con la pérdida de la esperanza, con la conciencia de una frustración permanente, con la percepción de la propia existencia como un fracaso, como un “callejón sin salida”. Tal vez lo característico de la depresión es que ese estado de desesperanza es visto como una realidad paralizante, en la que el sujeto experimenta la cesación de impotencia para ejercer sus capacidades y, por lo mismo, de la inutilidad de su vida. No es extraño, pues, que los estados depresivos en sus expresiones más profundas, puedan desembocar en un anonadamiento psicológica que ve como única salida el fin de la propia existencia, es decir, el suicidio. Puesto que el ser humano es una realidad psicofísica, conviene tener presente que tanto el diagnóstico como la terapia de la depresión dependen de elementos fisiológicos, psicológicos y espirituales, interdependientes entre si. Hay factores que pueden predisponer a la depresión, aunque ello no ocurra siempre necesariamente. Uno de esos factores es el perfeccionismo, es decir, la ambición desmesurada de obtener resultados perfectos. Aparentemente tal ambición podría interpretarse como responsabilidad, pero en realidad ella denota una falta de realismo, un rehusar admitir las propias limitaciones. Quien se deja llevar por el perfeccionismo a ultranza puede caer en una actitud hipercrítica para consigo mismo y va siendo minado por el sentimiento de frustración que se va enraizando a medida de que la autocrítica se exacerba y va destruyendo el sano aprecio que cada cual debe tener acerca de sus posibilidades. Otro factor importante puede ser la estructura del sujeto con caracteres paranoicos. Es un factor grave y no fácilmente reversible. Quien tiene una tendencia paranoica es, en cierta medida, impermeable a la experiencia. Si el perfeccionismo exhibe una autocrítica exacerbada, el paranoico tiene sumamente debilitado el sentido del discernimiento de sus propias limitaciones o responsabilidades. Normalmente culpa a los demás de sus fracasos y esa actitud lo conduce a mirar el entorno como un universo de adversarios y enemigos. De ahí al aislamiento no va sino un paso, y ese aislamiento tiene doble dirección: el sujeto se encoge porque no ve a su alrededor sino signos negativos, y, por otra parte, provoca el rechazo de las personas que lo rodean y que no pueden digerir las acusaciones de culpabilidad o las descalificaciones que, injustamente, reciben del sujeto. Cabe preguntarse si la depresión puede producirse cuando no existen en absoluto elementos o predisposiciones psicológicas internas que lo favorezcan. Por lo menos podría decirse que una personalidad sana, profundamente bien estructurada y equilibrada no es un campo propicio para que germine la depresión, pero quizás puede suceder que circunstancias externas, extremadamente desfavorables, provoquen el desajuste psicológico que desemboca o acompaña la depresión. Entre tales circunstancias se podrían enumerar los grandes fracasos afectivos, los desastres financieros, el advenimiento de una enfermedad incurable y de larga duración, los conflictos entre deberes que aparecen como contrapuestos e inconciliables, la pérdida inevitable de un status, el sentido del honor perdido y que no se es capaz de reparar dentro de los cauces convencionales. Me permito expresar, nada más que como hipótesis, que las circunstancias más adversas y persistentes no llegan a producir una depresión cuando quien las experimenta posee una personalidad bien estructurada, equilibrada y espiritualmente bien construida. Al menos diría que en tales condiciones la depresi6n, si se produce, es menos profunda y presenta mayores expectativas de superación. Lo dicho anteriormente me lleva a pensar que las limitaciones psicológicas de la persona que sufre una depresión deben ser tomadas muy en serio cuando se trata de diagnosticar la dolencia, de discernir sus causas próximas y remotas y de diseñar una terapia. Detrás de las variadas tipologías de depresión, y digo aquí “variadas” en el sentido del substrato psicológico que le sirve de base y de las circunstancias externas que sirven de detonante o catalizador, hay ciertos elementos que son más o menos comunes. Uno de ellos es la soledad. La persona deprimida pierde capacidad de comunicarse precisamente porque cree que no va a ser comprendida, o porque exige una comprensión que va más allá de lo que usualmente se da entre seres humanos en las mismas condiciones. Si se cede al sentimiento de soledad, se agudiza el aislamiento y crece la desconfianza en poder encontrar comprensión y ayuda. Así es como la depresión crea condiciones sumamente desfavorables para ser superada. Otro elemento es una cierta parálisis de la actividad. La persona deprimida experimenta una exacerbación de su sentido de autocrítica y tiende a colorar en forma negativa sus posibilidades de actuación. Incluso cuando recibe estímulos positivos que deberían alentarla, tiende a infravalorarlos y a considerarlos como no objetivos o como generosas expresiones de benevolencia. En estado de depresión, quien la sufre percibe tantas dificultades y tantos factores negativos, que no ve por dónde comenzar, o recomenzar. Ese horizonte negativo actúa como un freno insuperable y hunde al paciente en una parálisis de ensimismamiento en que la ruminación del proprio estado ocupa un lugar importante e incluso preponderante en las propias cavilaciones. Desde un punto de vista psicológico, una persona que ha caído en depresión necesita compañía que la ayude a superar su soledad y aislamiento, necesita ejercitar alguna actividad satisfactoria que le resulte exitosa, y necesita descubrir cuáles son las fisuras de su personalidad por dónde se ha filtrado el estado de depresión. Todo ello es más fácil de describir que de realizarlo, precisamente porque quien padece una depresión está en una situación de negatividad o al menos de desconfianza con respecto a su entorno, y tiende a rehuir lo que pudiera exigirle un cambio en su actividad pasiva y derrotista. Quien asume el papel profundamente humano de dar una mano a quien muestra síntomas de depresión, debe armarse de gran constancia para ganar la confianza del paciente y para lograr que se vaya desprendiendo de la muletilla psicológica del “no puedo”, que constituye el caparazón que impide recibir ayuda y comenzar el trabajo de recuperación. Me he permitido expresar, en lo que queda dicho, una sencilla y por cierto superficial y parcial aproximación a lo que es la depresión, basada en la experiencia cotidiana, humana y sacerdotal. No he hecho especial referencia al drama del suicidio en que desembocan los casos más graves y si nombro esa realidad trágica, es porque su incidencia parece haber aumentado significativamente en algunos sectores de las sociedades occidentales, y porque su espectro acompaña con frecuencia a quienes padecen depresión. No es, por lo tanto, un riesgo irreal ni mucho menos una hipótesis de baja probabilidad. Quizá pueda decirse que es un riesgo que conviene tener presente desde que se aparece con cierta gravedad el síndrome depresivo. La depresión es, pues, una realidad que pertenece en forma directa al campo de competencia de la psicología, pero no se puede y no se debe de dejar de tener en cuenta su relación con la fe, con la moral y con la espiritualidad. Por lo mismo, si bien el apoyo de un psiquiatra profesional es importante y con frecuencia necesario, el sacerdote en su calidad de confesor o de consejero espiritual, e incluso un laico competente y experimentado en las vías del espíritu, pueden dar un apoyo relevante y complementario en el proceso de recuperación de la depresión. II. El ángulo espiritual en la recuperación de la depresión. - Es claro que si la persona que sufre depresión es creyente, más aún, un católico con claro conocimiento de su fe y de la doctrina sobre Dios todopoderoso, providente y misericordioso, y acerca del hombre en su calidad de creatura que lleva la impronta del pecado pero que ha recibido el don de la gracia que es eficaz hasta para “hacer de las mismas piedras hijos de Abrahám” (Mt 3, 9), hay elementos muy sólidos para superar el mundo de tinieblas, de inseguridad, de frustración y de parálisis psíquica en que está sumido. Las certezas de la fe son, para quien sufre depresión, otros tantos puntos de apoyo, sólidos y válidos, en los que puede encontrar seguridad y aliento. Comprender que la depresión no es ajena a los caminos de Dios, que es una prueba purificadora, que no constituye un determinismo insoslayable, y que, en todo caso, la gracia de Dios está siempre presente y operante a fin de que también en este caso concreto se verifique la verdad de la palabra de la Sacra Escritura que asevera que “todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28); comprender todo eso es ya un progreso muy grande en el camino de la superación de la dolencia. En la atención pastoral de quien padece depresión ocupa un lugar de primer plano todo lo que pueda robustecer la fe del interesado, entendiendo por “fe” las certezas acerca de la bondad y sabiduría de Dios, acerca del destino de felicidad que Dios quiere para todos los hombres, acerca del amor misericordioso con que Dios provee a la salvación de los hombres, hasta darles para ello a su Hijo (cf. Jn 3, 16), acerca de la acogida paterna y tierna con que Dios recibe a sus hijos descarriados (cf. Lc 15, 11-24), acerca del conocimiento que Dios tiene de nuestras limitaciones y flaquezas (cf. Sai 103, 14), y por lo tanto acerca de la bondad misericordiosa de sus juicios con respecto a nuestras falencias y caídas. Puesto que la persona deprimida experimenta una sensación de soledad y de incomprensión — que bien puede no corresponder a la realidad objetiva, pero que son percibidas subjetivamente así — volver a tener la certeza de fe de que en Dios “vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17, 28), constituye la recuperación de una “atmósfera espiritual” propicia para superar la sensación negativa de quien está en peligro de pensar que su existencia ya no tiene sentido. Creer con certeza que Dios está cerca de mi, que incluso “me penetra” y que está con mayor intimidad en mi que yo mismo, es una vivencia clave para volver a mirar la vida con optimismo, sin por ello dejar de percibir con realismo las dificultades y tropiezos. Saber y creer que Dios conoce mejor que nosotros nuestros defectos y limitaciones y que, por lo mismo, su juicio sobre nuestros actos deficientes es perfectamente lúcido acerca de los factores que atenúan nuestra culpabilidad, es una actitud espiritual que contribuye a liberarse del juicio hipercrítico — frecuentemente simplificado —acerca de nuestras responsabilidades y culpabilidades. Ahora bien, los datos que se acaban de enunciar constituyen las características del Evangelio de Jesús y ellas están expresadas en palabras o frases, aunque también están subyacentes a muchas actitudes que son frecuentemente tan o más expresivas que los enunciados conceptuales. Si el paciente recupera un sentimiento de confianza en Dios, Padre amoroso, y en sus propias posibilidades, se habrá dado un gran paso en su recuperación. III. El estado de depresión y las virtudes cristianas. Puesto que la “estructura espiritual” del cristiano descansa sobre los hábitos arraigados de bien obrar que llamamos “virtudes”, y dado que las virtudes son conexas entre sí, no está demás recordar que el referido estado requiere especialmente el ejercicio de algunas virtudes, al mismo tiempo que es una ocasión para su crecimiento. Y ante todo la virtud de la fe en Dios, y en sus atributos. Sólo a la luz de la fe en Dios es posible mirar con serenidad la paradoja entre un Dios bueno, amante del bien de los hombres y todopoderoso, por una parte, y por otra, la existencia del mal, sobre todo moral, pero también físico, sobre todo cuando este último golpea a creaturas inocentes. Sólo en espíritu de fe podemos adherir a la afirmación de San Pablo de que “todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28) y a su proyección en la enseñanza de San Agustín de que “Dios no permitirla el mal si no fuera suficientemente poderoso para sacar bienes de los mismo males”. La cumbre de esta paradoja es, sin duda, el drama del Calvario, donde la más feroz de las injusticias, la más abyecta de las cobardías y la más sucia de las conveniencias políticas constituyen el marco externo del acto más positivo y generoso del amor de Dios hacia la humanidad que es, precisamente, la redención y la salvación del género humano a través de un asesinato, que es la forma externa del sacrificio de la reconciliación. A la virtud de la esperanza dedicaremos algunas consideraciones más adelante, al final de este escrito. La caridad que nace del amor que Dios nos tiene y que precede cualquier acto de amor de nuestra parte, coloca al hombre en la perspectiva de la benevolencia de Dios, de su iniciativa tanto en el orden de la creación como en el de la salvación, de la gratuidad de su amor que no tiene límites ni se deja vencer por las ingratitudes de que es objeto por parte de los hombres. La contemplación de ese amor incomparable 110 puede menos que suscitar una respuesta de amor, y sabemos que esa respuesta es ya un don del amor de Dios, que infunde la caridad en el alma, junto con el don de la justificación y de la gracia. Saberse amado y repasar la larga lista de los dones que hemos recibido de Dios, es, como dice San Ignacio de Loyola, al final de los ‘Ejercicios Espirituales”, un buen camino para “alcanzar amor”. En esta perspectiva la depresi6n debe ser vista como una forma de participación en la pasión y en la cruz de Cristo y como una realidad dolorosa que nos permite “completar lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24). También las virtudes “cardinales” o “morales” entran en juego en la situación concreta de la depresión. El ejercicio de la prudencia apunta principalmente en dos direcciones. La primera, a la decisión de pedir consejo y de acogerlo, en orden a consultar a especialistas y seguir con exactitud las terapias que prescriben, y la segunda, en orden a calibrar la actividad en forma de no exigirse demasiado, por una parte, y de no ceder a la tentación de inactividad, por otra. La justicia tendrá su expresión en mirar los cuidados médicos como un tributo debido a la propia salud, obligación que deriva del don de la existencia recibida de Dios y que no queda al arbitrio del hombre cuidar o descuidar. La fortaleza desempeña un papel de suma importancia ya que la persona en depresión experimenta descorazonamiento, pesimismo y sensación de falta de motivación para seguir viviendo y afrontando los desafíos de la vida. Para el paciente la vida se presenta como ardua y con un nivel de dificultad que su proprio estado tiende a sobrevalorar. Se requiere gran fortaleza para enfrentar el decaimiento, para ser constante en la terapia y para no dejar de lado los quehaceres cotidianos a pesar del desgano y la sensación de inutilidad. La templanza o moderación se ejercitará en observar el justo medio en materia de descanso. Una persona en depresión tiende a la inactividad y la inactividad ahonda su estado de insatisfacción y frustraci6n. Pero pudiera suceder que esforzarse en demasía resultara contraproducente. Aquí la templanza va de la mano con la prudencia, con la justicia y la fortaleza. La esperanza merece una consideración especial. El objeto principal de esta virtud teologal es Dios mismo, en cuanto Él constituye la plena y definitiva bienaventuranza de la persona humana. En virtud de la esperanza el hombre mira la bienaventuranza eterna como algo que colma sus aspiraciones y que es posible alcanzar gracias al auxilio de Dios. La esperanza teologal mira, pues, a la finalidad ultima del hombre, a aquello para lo cual el hombre fue creado y a lo cual deben orientarse todas sus decisiones en forma mediata o inmediata. Generalmente la depresión no cuestiona el destino último de quien la sufre. Más bien quien está en depresión experimenta una desazón radical con respecto a su vida en este mundo y ve la muerte como liberación del pesimismo que lo invade. No es que desespere de su salvación eterna, pero no ve cómo puede integrar su estado de insatisfacción y parálisis psicológica con el deber de seguir viviendo y merecer, así, la bienaventuranza eterna. Quien sufre depresión no llega a comprender cómo el camino hacia la vida eterna pueda tener que atravesar por una prueba que remece hasta sus raíces el sentido de la vida temporal, hasta llegar a ver como un bien el proprio aniquilamiento. Paradojalmente quien está en depresión ve la muerte como un bien, incluso a través del suicidio, sin percibir la incongruencia entre su rebelión frente a la existencia y el deseo de poseer a Dios como suprema bienaventuranza. Si la depresión tiene ingredientes que cuestionan la fe y la caridad, los tiene también que entraban el ejercicio de la esperanza cristiana, en el sentido de disociar la bienaventuranza final con un camino que aparece como incoherente con el deseo de felicidad que anida en el corazón de todo hombre. Es como si hubiera un quiebre entre la situación existencial que se percibe como un desgarramiento permanente y el ansia de felicidad que corresponde a las promesas de Dios. Por eso es posible pensar que la relación entre la esperanza cristiana y la depresión se sitúa, principalmente, no tanto en relación con Dios como objeto beatificante y finalidad última del hombre, sino más bien en relación con los auxilios que provienen de Dios y sin los cuales no se puede alcanzar la finalidad última, es decir, en relación con la gracia que hace posible actuar sobrenaturalmente. Lo que percibe quien está en depresión, es una impotencia para superar un estado de disociación interior, de insatisfacción y de parálisis, con un simultáneo debilitamiento de la confianza en que Dios está cerca de dl, que lo sostiene y que su gracia es poderosa para hacerle posible superar las tinieblas que oscurecen el horizonte de su existencia hasta el punto de hacerle percibir la vida como algo sin sentido. Si un fenómeno psicológico como es la depresión, tuviera una clave puramente teológica, se lo podría tipificar como una especie de pelagianismo radical, carente de confianza en Dios que salva y que siempre puede y quiere salvar. Quien vive la dura experiencia de la depresión necesita, desde el punto de vista espiritual, recuperar una profunda confianza en Dios salvador, cuya gracia es poderosa como para superar las más lacerantes pruebas a que está sujeta la compleja realidad de nuestro ser psicosomático. Creer en el poder de la gracia es la condición necesaria para rechazar la tentación de la desesperación, es percibir la cercanía de Dios, aún en medio de la bruma y de la desorientación, es tener la convicción de que nuestros pesares, y especialmente los más profundos, se integran en el misterio de la salvación que se realiza a través del anonadamiento de Cristo (cf. Flp 2, 6-9), en el cual cada cristiano, como miembro suyo, ha de participar en forma personal y diversificada. De ahí que la oración silenciosa y confiada, apoyada en la pasión de Jesús y en su gloriosa resurrección, es un camino para ir adquiriendo la paz interior, la confianza en Dios y en si mismo que son el antídoto para la desesperanza. La vida cristiana se articula en la celebración de los santos sacramentos. Tres de ellos tienen especial relación con los estados depresivos: la Santísima Eucaristía, la Penitencia y la Unción de los enfermos. La participación en el Sacrificio eucarístico tiene una especial significación para quien sufre de depresión. En esta participación estarán presentes los momentos de la oración del huerto, cuando la angustia de Jesús se tradujo en copioso sudor de sangre (cf. Lc 22, 44), y especialmente, cuando Él en la cruz pronunció el grito desgarrador de “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt 27, 46; Mc 15, 34). Pero como el misterio pascual queda sellado con la resurrección de Cristo, y el Cristo que se recibe en la Eucaristía es el Resucitado en su estado de gloria, la Sagrada Comunión tiene un fruto de vitalidad y de gozo para todo fiel, pero especialmente para quien sufre y participa existencialmente en el anonadamiento de Jesús. El Sacramento de la Penitencia tiene singular relevancia para quien sufre depresión si en el origen de ésta hay graves y reiterados desórdenes morales. El perdón de los pecados puede tener un influjo muy positivo sobre las perturbaciones que son su consecuencia. La Unción de los enfermos es un sacramento que puede ser de gran ayuda para quien sufre depresión. No sólo las enfermedades somáticas o la ancianidad piden el auxilio de este sacramento, sino que las perturbaciones psicológicas, que pueden llegar a poner en peligro la vida o amagar gravemente su armonía, pueden recibir el beneficio de este sacramento que ayuda a conllevar la cruz, que sostiene el ánimo de quien sufre la trizadura de su equilibrio interior y que puede, incluso, devolver la salud. Es del todo natural que el cristiano deprimido vuelva sus ojos a la Santísima Virgen Maria. Ella tuvo muchos momentos de dolor espiritual: la profecía de la espada de dolor que atravesaría su alma (cf. Lc 2, 35); la huida y el exilio en Egipto (cf. Mt 2, 13-15); la pérdida del flifio Dios en el Templo (cf. Lc 2, 41-50) y su angustiosa presencia al pie de la Cruz (cf. Jn 19, 25-27). No conocemos el estado interior de Maria en esos momentos de doloroso sufrimiento y nada autoriza a pensar que su espíritu sufriera un estado de depresión psicológica. Por el contrario, podemos suponer que habiendo sido preservada del pecado y de sus consecuencias, su alma se mantuvo siempre en un saludable equilibrio y en una profunda armonía. Pero su experiencia de dolor le dio una capacidad especial para compadecer a los miembros de su Hijo sumidos en la aflicción y para obtener en su favor consuelo, alegría y fortaleza en medio de la prueba, especialmente en el campo de la depresión. IV. Conclusión. El mundo occidental caracterizado hoy día por la secularización, por la pública renuncia a reconocer sus raíces cristianas como parte esencial de su identidad, por un relativismo moral merced al cual las conductas más aberrantes van adquiriendo carta de ciudadanía y reconocimiento en la legislación civil, y por un nivel de bienestar extendido a amplios sectores; sin perjuicio de la existencia de un número muy considerable de personas que viven en la pobreza, cuando no en la miseria; este mundo es el que parece más afligido por el flagelo de la depresión. El fenómeno no está circunscrito a determinados estratos sociales, aunque se presenta con mayor frecuencia en personas que sufren permanente tensión a causa de exigencias que no se logran colmar, lo que las sume en la insatisfacción ante un entorno que se rechaza y que no se es capaz de asumir con realismo, fortaleza y confianza en Dios. Tengo la íntima convicción de que una mirada de fe sobre la propia existencia, ayudada con el recurso a la oración y con el apoyo de personas, desde diversos ángulos, pueden ser un valioso sostén para sortear el aislamiento, el ensimismamiento, la inacción y la baja autoestima; todo ello puede formar una constelación muy positiva en orden a superar un estado psíquico doloroso y extenuante. Pienso que el aspecto sobrenatural de fe y el robustecimiento de la esperanza en Dios que sostiene, ayuda y salva, son elementos clave para recuperar la visión positiva sobre si mismo y sobre el mundo, única visión que corresponde al optimismo cristiano que cree firmemente en Dios, Padre misericordioso, en su Hijo Jesucristo, buen Pastor y Salvador de la humanidad calda, y en el Espíritu Santo, que es el autor de la novedad cristiana y del gozo en la obra de Dios, y en nuestra vocación a la perfecta bienaventuranza. La recomendación de San Pablo “gozaos siempre en el Señor, os lo repito, gozaos” (Flp 4, 4) es un programa siempre válido y una característica de todo discípulo de Cristo. +
Jorge A. Cardenal Medina Estévez |